Son tantos los sentimientos que se revuelven dentro de mí que se me hace difícil poder compartir la última experiencia deportiva vivida.
Hace un año escuchaba sobre el triatlón de Galápagos y me llamaba la atención, básicamente por el desafío de poder nadar en esas aguas cristalinas, y la posibilidad de tener unas vacaciones en las islas encantadas. Mi intención era hacerlo en postas, yo me encargaría de la parte del mar.
En agosto llegó el Guayasman, un medio Iroman cuyas distancias eran: 1.900 metros en el mar, 90 km en bicicleta y 21 km de trote. Tuve la oportunidad de hacer la parte de natación junto a mi compañero Jairo González y simplemente ¡me encantó!
Entonces las ganas de ir a Galápagos aumentaron, había logrado mi primera natación en el mar, en el marco de una competencia, y así fue como armamos viaje para Galápagos. La novedad era que estaba inscrita en el triatlón, pero sola, es decir estaba a las puertas de mi primer triatlón olímpico completo (1.600 metros en el mar, 40 km cicleando y 10 km de carrera).
Empezamos con los entrenamientos. La parte del trote y la natación me encantaban, lo disfrutaba, el problema era la bicicleta. Estaba frente a un gran reto, era la primera vez que la veía como parte de una competencia.
Fue duro tener que estar lista en La Carolina, para cumplir la tabla de entrenamiento, a las 5:30 de la mañana; era un sacrificio el levantarme, mi cara de mal genio los primeros días lo decían todo, esto no me gustaba, no era para mí.
La verdad sentía miedo, desconfianza de poder lograrlo. Pero ahí estuvieron ellos, mi esposo, entrenador y mis compañeros de equipo, quienes creyeron en mí, aun cuando, yo tenía mis grandes dudas.
Richard, Luchito, Pato, Pablito, Andrés, Jairito, Paúl, Javier, decidieron cambiar las llantas de mi bicicleta para hacerla un poquito más liviana, me animaron en cada vuelta al parque, me alentaron en las subidas y compartieron conmigo sus experiencias y consejos… creían en mí, y eso hizo que yo le ponga ganas a esta parte en la que me sentía incómoda.
No fue fácil, la verdad me costó… Cuatro días antes del viaje programado, los nervios ya hacían de las suyas en mí. Nunca había sentido tanto temor a las puertas de una competencia, claro, era mi primer triatlón.
Llegó el día del viaje y fue maravilloso, el aeropuerto, parte de mis compañeros listos para viajar, los amigos, todos emocionados por lo que tendríamos que enfrentar.
En Galápagos se sentía el ambiente competitivo, Santa Cruz se llenó de deportistas. Esa tarde a nuestra llegada uno podía ver todas las maletas de bicicletas, gente conocida en el mundo deportivo y sus familias, era una fiesta.
Llegó el día, 12 de octubre, la competencia iniciaba a las 14:00, pero desde las 11:00 ya debíamos estar entregando las bicicletas y dejando todo listo en la segunda transición. Sólo de acordarme se me revuelve nuevamente el estómago.
Llegamos al canal de Itabaca, todo dispuesto, listo para la primera transición, yo primeriza con angustia, preguntándome a cada momento ¿qué hago aquí? ¿lo lograré? Y mil preguntas más que pasaban por mi mente; se acercaba la hora de la partida y yo me repetía como queriéndome convencer… tengo que disfrutármelo.
Se acercaba la hora, nos llevaron en barco para lanzarnos al agua, el ambiente era tenso, por ahí alguien aplaudía y quería ponerle ánimo y todos nos uníamos, y antes de lanzarnos al mar, 1.600 metros de la meta, y recuerdo las palabras de Andrés, un compañero y amigo del grupo: “habrán momentos de dolor, pero recuerda por qué estás aquí, los entrenamientos, todo lo que te preparaste, y sobretodo ten seguridad que vas a lograrlo”.
Y todos al mar, en ese momento me embargó el sentimiento de temor, la verdad quería regresar al barco pero no podía darme por vencida antes de iniciar. Sonó el disparo, y comenzamos a nadar, fue un momento de confusión brazos que golpeaban en cuerpos, patadas por todos lados, el mar parecía contagiado del estrés de cada uno de los que ahí estábamos. Y respiré, gran secreto que mi papi siempre comparte conmigo, “respira profundo y manda tus energías a la parte de tu cuerpo que las necesite”. Me tranquilicé y me dije, no queda más que nadar y disfrutar.
Un, dos, tres, respiraba, pateaba sin parar… de pronto ya veía la primera meta de este triatlón, estuvo hermoso, esta parte fue maravillosa, pasaron 25 minutos y salí del mar, había logrado la primera parte, pero era la que más me gustaba, ahora tocaba empezar los 40 km de bicicleta, mi pesadilla.
Pedaleaba, pedaleaba y en cada subida me acordaba las palabras de mi esposo, “este es tu reto 22 km de subida, vamos, hasta los Gemelos, lo logras y lo demás estará listo”… pero se hacía eterno. Siendo sincera dudé poder terminar, parecía imposible, y un momento hasta frené mi bicicleta para bajarme, sí, me estaba rindiendo, no quería pedalear un minuto más.
Pero mi mente no dejaba de pensar, no podía darme por vencida, me acordaba de mis compañeros, cuánta paciencia tuvieron conmigo, cuánto apoyo, los entrenamientos, las madrugadas, el dolor… no yo no soy de las que abandona las situaciones cuando se ponen difíciles…
Pasaban lo kilómetros, y me daba fuerzas a mí misma, cuestionaba el estar ahí, y de pronto apareció la última subida, los Gemelos, y ya cuando pensé que mis piernas no podrían más, la grata sorpresa de ver a mi esposo, esperando por mí y gritándome, “tu puedes lograrlo, ya está, hazlo por tus papas”
Y pedalee sin parar los 18 km restantes, no frenaba, miraba el reloj y le daba con todas mis fuerzas, el tiempo no se detenía y era mi obligación terminar esta competencia, lo más difícil había pasado. Llegué a una curva y volvía escuchar las palabras que Andrés me había dicho el día anterior “llegas a este punto y se acabó” si ya estaba cerca, y sonreía, aún no creía lo que estaba haciendo.
Llegué siiii llegué a la segunda transición, y ahora la presión de terminar esto, solo faltaban 10 km de trote, pero el tiempo no se detenía. Mientras salía de la transición digo estoy cansada, y una voz que salió del grupo de corredores, que aún esperaban a sus compañeros para hacer su parte, me gritó “dale, tienes una vida por descansar”
Y con esas palabras fui a correr, otra subida, paso a paso, sonriendo, confiando en que estaba preparada y que mi cuerpo podría terminar esto que empezó, y en el momento en que las fuerzas nuevamente jugaban en mí contra, mi compañero de vida apareció, y aunque no estaba con los zapatos adecuados y al otro día él tenía que enfrentarse ante su tercera maratón, corrió a mi lado, repitiéndome, “lo estás haciendo bien, dale con todo, vamos mi amor”.
Él me acompañó casi 8 de los 10 km, pero la verdad es que estuvo conmigo todo mi triatlón. Llegaron los últimos metros y corrí con todo, los aplausos, gritos, apoyo de mis compañeros, hicieron que mis piernas se desaten y rematen, y cuando el reloj marcaba 4 horas con 9 minutos yo estaba pasando la meta, pero no la pasaba sola, ahí estaban, aunque algunos físicamente y otros separados por un océano: mi esposo, mis compañeros de equipo los que viajaron y los que esperaban las noticias, mi familia, mi entrenador, mis amigos y amigas…
La alegría que me embargaba era tal que las lágrimas corrían por mi cara, me perdí entre los brazos de Santi. Que emoción ver a mis compañeros ahí esperando por mí, contentos por mi logro.
Fue duro, 4 horas con 9 minutos, primer triatlón olímpico de mi vida, y con bicicleta montañera, pero valió la pena. Este sentimiento de haberlo logrado, de haber pasado esta meta es tan mía que nadie puede quitármela, pero que se la debo a muchas personas, que desde el principio confiaron en mí, antes de que yo me convenza que podía lograrlo.
Tengo mucho mucho que agradecer, a la vida por permitirme tener esta experiencia, a mi mami y papi porque ellos me enseñaron a luchar por mis sueños; a mi esposo por ser mi complemento, un compañero de vida excepcional; a mi ñaña por sus palabras de aliento, a mi entrenador y mis compañeros de equipo, a cada uno de ellos gracias por todo todo el apoyo que me brindaron, mi familia y amigos quienes me tuvieron presentes en sus oraciones y por el envío de tanta buena energía.
Y saben, les puedo decir que todo se puede en esta vida, con dedicación, entrenamiento y trabajo, todo es alcanzable, el reto está en vencerte a ti mismo.
Marcia Noemí Christiansen Barberán



